Lo que Glovo nos dejó

Por Abril Gavuzzo

Esta semana se conoció la noticia de que la empresa de delivery Glovo dejará sus operaciones en América Latina y será comprada por Pedidos Ya, otra compañía del mismo rubro. ¿Qué pasará con sus trabajadores en este contexto?

Empecemos por desmenuzar la polémica que se generó tras conocerse la noticia: no, Glovo no se va, simplemente cambiará de dueño. La empresa Delivery Hero -propietaria de Pedidos Ya- hizo público que comprará Glovo Latinoamérica y ampliará sus operaciones en la región. Tras esta noticia, surgió una catarata de anuncios falsos en los medios de comunicación sobre compañías que abandonarían el mercado argentino y las repercusiones fueron tales que varias empresas -por ejemplo; Carrefour- tuvieron que aclarar que no se irán del país.

Ahora bien, ¿cuál será el futuro laboral de las trabajadoras y los trabajadores de Glovo? Según informó la empresa, ellos serán absorbidos y continuarán con su empleo. Sin embargo, nada estará confirmado hasta que en octubre se concrete la transferencia. “Estamos totalmente consternados por la falta de diálogo y la poca información que nos brindan. Somos miles de familias que dependemos de este trabajo considerado esencial y, hasta ahora, no tenemos ninguna garantía sobre nuestra continuidad laboral. Estamos a la espera de una respuesta. Mientras no exista una regulación que garantice los derechos laborales, estas cosas van a seguir pasando”, apuntaron desde la Asociación de Personal de Plataformas (APP). Este panorama inestable vuelve a poner sobre la mesa el debate que se planteó hace unos años: la necesidad urgente de regular la relación laboral existente en este mercado que tiende cada vez más a la concentración.

Desde hace aproximadamente dos años las calles de Buenos Aires se llenaron de chalecos de colores que van y vienen en bicicleta. Las aplicaciones de delivery como Rappi, Glovo y Pedidos Ya llegaron a la Argentina en el año 2018 y ganaron muchos clientes en pocos meses. Se acomodaron muy bien en el contexto de una profunda crisis económica garantizada por políticas neoliberales y una naciente economía on demand, es decir, a la demanda. A este panorama hay que agregarle la música constante del discurso meritocrático propuesto por el entonces presidente, Mauricio Macri, para disfrazar lo que lisa y llanamente es flexibilización laboral. Con una tasa de desempleo en aumento y más de un millón y medio de argentinos desempleados (Fuente: INDEC 2018), muchos se volcaron a trabajar en estas aplicaciones.

Lo que Glovo no nos dejó, seguro, es empleo formal. La relación establecida entre los repartidores y la empresa se enmarca en un contexto de precarización laboral, disfrazada bajo la idea de sé tu propio jefe. Esta falsa imagen de independencia permite a las empresas desligarse de las responsabilidades que le tocan como empleador, como la cobertura de obra social o ART en caso de accidente. Los repartidores no reciben aportes patronales, no gozan de descansos ni vacaciones, no tienen contrato, no los protege ningún convenio y además están inscriptos como monotributistas, lo que ayuda a la empresa a no reconocer un vínculo laboral con ellos. Además, el repartidor debe aportar todas las herramientas de trabajo, entre ellas, celular, datos móviles, casco, bicicleta o moto, alquiler de la mochila-caja para trasladar la mercadería, y por supuesto, el pago mensual del monotributo. Pese a esto, las compañías conservan facultades propias de un patrón, como las de establecer los valores de la paga o también establecer sanciones. “Nos quieren hacer creer que somos nuestros propios jefes cuando la realidad es que somos trabajadores de ellos porque no podemos elegir nuestros horarios, nos imponen los pedidos y si no los cumplimos nos sancionan”, afirmó Luz Chávez, trabajadora de Glovo y Pedidos Ya.

Por su parte, Juan Manuel Ottaviano, abogado laboralista que asesora a APP, confirmó al diario Perfil que “el problema es la inestabilidad del ingreso y la cantidad de horas que se requiere para lograr un ingreso digno. Un repartidor que trabaja una jornada completa puede ganar 30 mil pesos, pero está sometido a sanciones y controles a través del ranking, lo que hace variar el salario de un modo impredecible y arbitrario. Además, las empresas descargan en ellos todos los gastos de celular y mantenimiento de la moto o bicicleta, el monotributo, el seguro, etc”.

Resulta prudente hacer un breve recorrido de la historia nacional para entender la coyuntura actual: en 1945 la Secretaría de Trabajo y Previsión, dirigida por Juan Domingo Perón, dio luz verde al decreto que refiere al aumento de sueldos y salarios e implantación del salario móvil, vital y básico. En diciembre del mismo año, y por iniciativa de la misma Secretaría, se promulgó el decreto N° 33.302/45 que no solo estableció el aguinaldo, sino también la indemnización por despido injustificado y las vacaciones pagas. Aproximadamente un año más tarde, en febrero de 1947, aquel Secretario fue elegido Presidente y proclamó los Derechos del Trabajador en un acto organizado por la CGT en el Teatro Colón. Plasmando anhelos de justicia social, estableció 10 derechos básicos: al trabajo, a una justa distribución, a la capacitación, a condiciones dignas de trabajo y de vida, a la salud, al bienestar, a la seguridad social, a la protección de la familia, al mejoramiento económico y a la defensa de los intereses profesionales. Volvamos ahora al presente y, a la luz de aquellos derechos ganados, miremos el escenario de hoy: las condiciones laborales que propone el neoliberalismo (y que sufren los repartidores de aplicaciones) atrasan 75 años.

Frente a este escenario, los trabajadores se organizaron, formaron la Asociación de Personal de Plataformas (APP) y en el año 2018 se presentaron en la Secretaría de Trabajo para solicitar que se los reconozca como organización sindical, pero esto no sucedió todavía ya que las empresas de plataformas niegan tener una relación laboral con los repartidores. Hasta que este punto no esté resuelto, los derechos sindicales y laborales que les corresponden a los trabajadores seguirán siendo negados y primará la informalidad actual.

En el contexto actual del avance de la pandemia por Covid-19, los repartidores son considerados trabajadores esenciales, pero sin embargo denuncian que no han recibido los insumos necesarios, como alcohol en gel o barbijos. Asimismo, las aplicaciones de delivery crecieron hasta un 300% en determinadas zonas. “Las plataformas no implementaron una sola norma de seguridad especial ni nos proveen de ningún elemento para proteger nuestra salud y nuestra seguridad. Las únicas medidas que se le parecen a un protocolo de seguridad no son otra cosa que promociones y descuentos que abren las aplicaciones para atraer más clientes, como la entrega sin contacto o el envío gratis”, señalan la APP en un comunicado publicado en sus redes sociales.

El avance en la regulación de las plataformas digitales de delivery en la capital del país podría sentar precedente para el resto del territorio pero no debería implicar el fin del negocio, sino que las empresas se ajusten a la norma y los trabajadores reciban los derechos correspondientes. La economía digital tiene un gran potencial para crear empleo, pero para que esto ocurra, las autoridades deben ser ágiles en la toma de decisiones, ya que la tecnología avanza más rápido que la ley.

Para concluir, cabe recordar una anécdota que sintetiza concretamente lo que Glovo nos dejó: Julio de 2019.  Sábado por la tarde. Ernesto, de 63 años, es técnico en electrónica y ejerció por más de 40 años, pero ahora se quedó sin trabajo y decidió anotarse como repartidor en Glovo. La aplicación le avisó que llegó un pedido y que tiene que llevar una pizza al barrio porteño de Barracas. Iba manejando su moto, hasta que de repente un auto que estaba estacionado no lo vio venir y arrancó. Ernesto quedó tirado en la calle, inmóvil, sangrando. En cuanto pudo abrir los ojos se comunicó con la empresa para explicar lo sucedido. Y he aquí la respuesta que define perfectamente el avance del libre mercado: Glovo sólo le preguntó cómo estaba la pizza.

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